Merckx y Pogačar: distintas épocas, misma ambición
Eddy Merckx, apodado “El Caníbal”, no corría para competir: corría para devorar cada carrera. Su ambición no conocía límites. Ganaba en cualquier terreno: la montaña, en el llano, en la contrarreloj y hasta en los embalajes. Las cifras lo avalan, con más de 280 victorias y 11 Grandes Vueltas, no es solo impresionante: es casi inalcanzable. Pero esa grandeza no se explica por si sola: también se forjó frente a rivales de enorme nivel como Luis Ocaña, Felice Gimondi y Raymond Poulidor (el eterno segundo) que elevaron la exigencia de cada triunfo.
A esa superioridad se suma un detalle que hace más grande su figura: fue campeón del mundo en ruta tanto como aficionado como en el profesionalismo, una hazaña poco común que habla de su dominio desde muy joven. Además, estableció el récord de la hora en 1972, manteniéndolo durante más de una década, eso sí, sin los avances en nutrición, biomecánica y tecnología que hoy son parte esencial del alto rendimiento.
Resulta aún más significativo que varios de los ciclistas que posteriormente superaron ese récord no lograron imponerse en Grandes Vueltas, lo que refuerza la idea de que la capacidad de Merckx no solo consistía en esfuerzos aislados, sino en un dominio integral del ciclismo en todas sus formas. Incluso, su dominio generaba tal rechazo en algunos sectores del público que llegó a ser objeto de agresiones por parte de aficionados que buscaban impedir que igualara a su compatriota, el gran Jacques Anquetil. El episodio más recordado ocurrió cuando estaba cerca de conquistar su sexto Tour de Francia: en plena carretera fue golpeado por un espectador, reflejo del nivel de tensión y resistencia que provocaba su dominip.
Pogačar, en cambio, representa la excelencia moderna. En una era de especialización extrema, donde cada corredor es especialista en un terreno específico, él ha podido romper esa lógica. Escala, contrarrelojea y gana clásicas con una naturalidad que recuerda inevitablemente a Merckx. No corre con la frecuencia de antes, pero sí con una eficacia sorprendente. Y lo más relevante: a diferencia de Merckx, cuya obra ya está completa, Pogačar aún está en plena construcción de la suya. Tiene no solo el tiempo, sino también las condiciones para mejorar sus cifras y, en consecuencia, seguir escalando posiciones en la historia del ciclismo mundial. Y, como ocurrió con Merckx, también lo hace enfrentando a rivales de primer nivel como Jonas Vingegaard y Remco Evenepoel, en un contexto competitivo que da aún más valor a cada una de sus victorias.
Compararlos es, en el fondo, enfrentar dos formas de entender el ciclismo. Merckx competía en un calendario mucho más cargado, con menos apoyo científico y mayor desgaste acumulado. Pogačar lo hace en un entorno medido al detalle, con planes nutricionales precisos, análisis de datos en tiempo real y rivales igualmente preparados.
Sin embargo, hay algo que los conecta más allá de los números: la actitud. Ambos atacan cuando otros esperan, ambos buscan ganar cuando otros se conforman.
¿Es Pogačar el nuevo Merckx? Tal vez no en cifras, pero sí en espíritu. Y en un deporte donde la historia pesa tanto como las piernas, eso lo pone en un lugar privilegiado.
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